El recorrido de cuestas, quebradas y valles, la Recta de Tin Tin con su geometría avasallante de cardones, los Volcanes Gemelos en su campo negro de piedra volcánica; y la mítica Ruta Nacional 40.
Así llegamos a La Poma, un pequeño pueblo rodeado de montañas al oeste de la provincia de Salta, semidestruido por un terremoto el 24 de diciembre de 1930; y que hoy forma parte del patrimonio histórico municipal.
Debido a este suceso a no más de un kilómetro de allí construyeron un nuevo caserío en las cercanías de Río Peña y el viejo pueblo se encontró casi en solitario; solo algunas pocas viviendas que sus lugareños siguen restaurando están habitadas.
Igualmente, no podríamos decir que se trata de un paraje desierto ya que la calidez del entorno hace que uno pueda percibir la pasividad y el encanto del lugar a minutos de su llegada.
La simpleza de la madera de cardón, el candor de las paredes y los techitos de adobe, se combina armónicamente con la timidez de los pomeños. Un labrador a pleno sol, levanta su sombrero y los niños con curiosidad nos siguen a lo lejos festejando con sus risas.
Cada esquina nos deslumbra con una original puerta o una colorida ventana, y aunque buscáramos sería difícil encontrar una calle que se pareciera a la otra, ya que cada espacio tiene un rasgo tan especial que se lo puede diferenciar de cualquier otro rincón del paisaje.
Atraídos por un simple picaporte, pieza poco común por este pago, descubrimos la pequeña capilla que atesora un campanario a su costado con dos rústicas campanas a la espera de una mano generosa que las haga sonar como antaño.
Seguimos andando por largo rato. El silencio y el calor de la siesta nos dejaba más callados que de costumbre y nos guiaba a pensar que cerca, muy cerca, Doña Eulogia Tapia rondaba cantando sus coplas en la quietud de La Poma. |